Tuesday, December 21, 2004

Lejos del eden


EN CIERTO MODO las leyes físicas simulan en muchos aspectos la conducta humana. Un ejemplo surge al preguntarnos: ¿Existe el frío? La respuesta correcta es que no existe el frío; lo que existe es el calor; el frío es la percepción de la ausencia de calor. De la misma forma, cuando nos preguntamos: ¿Existe la oscuridad? La respuesta más acertada es que no existe la oscuridad; lo que existe es la luz; la oscuridad es la ausencia de luz.
Y, si suponemos que el mal es la ausencia del bien, ¿podríamos afirmar que sin el bien habría el mal?, como hay oscuridad y frío cuando no hay luz ni calor.
Es una pregunta apropiada, no para un físico, sino para John Steinbeck, Nobel de Literatura (1962), quien en una de sus obras, Al este del edén (1952), destaca su fascinación por la eterna lucha entre el bien y el mal.
El la cataloga como la única historia del mundo, donde el hombre, al final de sus días, quedará solo con una pregunta capital: ¿Fue mi vida buena o mala? ¿He hecho el bien... o el mal?
EL AUTOR NOS MENCIONA a Herodoto narrando la historia de Creso, el más rico y poderoso rey de sus tiempos, quien le preguntó a Solón, el ateniense: "¿Quién es el hombre más afortunado del mundo?"... Ante ello, Solón le menciona tres personajes de la época. Mientras tanto, Creso ansioso y distraído apenas oye, pero nota que no lo nombra, y entonces le pregunta: "¿No me consideras afortunado?" Solón sin dudarlo le responde: "¿Cómo puedo yo decírtelo?, todavía no estás muerto".
Esa respuesta debió haber atormentado a Creso, cuando, una vez abatido y en desgracia, sin riqueza ni reinado, amarrado ardía en la hoguera, donde debe haberse recordado y lamentado haberlo preguntado y no haber oído la respuesta.
Cuando un hombre muere siempre despierta una pregunta: ¿Fue su vida buena o mala?... entonces, la única vara con que medirla es: "¿Fue amado o fue odiado? ¿Ha sido su muerte una pérdida, o de ella ha emanado cierto placer?".
El Nobel nos menciona su experiencia de la muerte de tres hombres. Uno de ellos, el más rico de su siglo, quien se abrió camino pisoteando almas. Dedicó muchos años para remediar el daño cometido. Cuando murió casi todos recibieron la noticia con placer.
EL SEGUNDO HOMBRE era listo y endiablado, utilizaba su astucia para comprarlos y seducirlos hasta alcanzar un gran poder. Ocultaba sus motivos bajo un manto de virtud, olvidando que no hay ninguna dádiva que pueda comprar el afecto de un hombre, una vez que se le ha despojado de su dignidad. Un hombre sobornado solo siente odio por quien lo ha comprado. A su muerte la nación lo llenó de alabanzas, pero bajo ellas se ocultaba la alegría que a todos embargaba.
El tercero cometió errores, pero su vida la dedicó a dignificar e inculcar valores, a apoyarlos y hacerlos buenos cuando se sentían míseros y aterrados. Fue odiado por muy pocos. Cuando murió, todos permanecieron tristes y desolados sin consuelo.
Con esa experiencia Steinbeck deja un mensaje que podría responder a nuestra pregunta inicial: "cuando un hombre llega a las puertas de su muerte, no importa su influencia o su genio, que si muere sin amor, su vida entera le parecerá un fracaso, y su muerte un frío horror. Nos enseña que debemos esforzarnos en vivir de tal manera que nuestra muerte no despierte ningún placer al mundo. El mal debe engendrarse a sí mismo constantemente, mientras que el bien, la virtud, son inmortales y más venerables que ninguna otra cosa en la tierra".

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