Sunday, November 20, 2005

Cizaña, fuego y cenizas

"El socialismo es la filosofía del fracaso, el credo a la ignorancia, y la prédica a la envidia, su virtud inherente es la distribución igualitaria de la miseria." Winston Churchill.

LA ENVIDIA son cuentas pendientes de rencores viejos. Un azote en el alma que empuja a correr, un eclipse total de la razón, una venda en los ojos que no deja ver, una mortaja negra en el corazón. De sus infiernos emana fuego, de las tinieblas sólo hay cenizas. Es el exilio del que jamás se vuelve; cizaña en las entrañas y desprecio por admiración.
Lo anterior suena, en parte, a una copla de Serrat, y basta para convencernos que se trata de uno de los pecados capitales más desprestigiados que existen, pero, a pesar de ello, necesita estar presente. Se requiere porque afecta la magnitud del pecado que representa: los capitales, y sin ellos todavía estaríamos anclados en el Pleistoceno.
Desde la creación las dos caras de esta pasión libran su batalla: una competitiva e innovadora responsable de la prosperidad y el progreso. Otra involutiva y depredadora que sueña con detenerlo.
AL IMITAR EL EXITO, bien sea material, intelectual, deportivo, cultural o espiritual, y decidimos esforzarnos para incorporarlo en nuestras vidas, estamos en presencia de la envidia constructiva. Si por el contrario, deseamos demolerlo y despreciarlo, estamos en presencia de la variante destructiva.
Coca-Cola y Pepsi-Cola se expandieron por imitación. Por el mismo motivo a Yahoo le salió Google; a Windows, Linux; a IBM, Dell; a Motorola, Nokia; a Boeing, Airbus; a McDonald, Burger King; a GM, Toyota; a Nike, Adidas; y así infinidad de productos aportan puestos de trabajo, se inventan medicamentos e instrumentos, cada vez más variados, mejores y accesibles para disfrutar y prolongar la vida.
Sin embargo, las sociedades de consumo generan dos formas de esclavitud: la de los prisioneros de la adicción y la de los prisioneros de la envidia, y cuando las diferencias sociales son marcadas despierta inestabilidad y grandes conflictos. Por ello la labor titánica es trascender sobre los instintos, al tratar de inculcar responsabilidad social en concordancia con los valores. No mediante doctrinas igualitarias encaminadas a erradicar el individualismo del código genético, con la patente de un sistema efectivo para nivelar las masas a ras del subsuelo; homogenizar los ingresos, los espacios y el hambre, aupado por entes nuevos rediseñados, sumisos sin méritos ni ilusión. Que cuando tengan la posibilidad de escoger a odiarse a sí mismos por sus fracasos, o la de odiar a los otros por sus éxitos, seguramente no optarán por odiarse a sí mismos. Es el odio hacia sí mismos de donde sale el odio hacia los demás.
ES EVOCAR un pasado de vergüenza, un pedestal a compartir con los forjadores del totalitarismo terrenal, olimpiada de muerte y crueldad. Una pesada carga hasta la eternidad, al querer transitar en el mismo fango de inmisericordia y deslealtad. Todo funge a reeditar dislocados artí fices, comediantes compasivos y sensibles, abrumados de amor por la humanidad.
La naturaleza humana es proclive al enfrentamiento por diferencias de religión, raza, nacionalidad o nivel socioeconómico. Basta con mirar los recientes acontecimientos en Francia. Los intentos históricos por homogenizar las clases, como medida para alcanzar la paz social, en su irracionalidad han resultado en repetidas barbaries. Ni la cultura ni el nivel socioeconómico las detiene, sólo cambia la sofisticación del proceso: aniquilar con gas en los campos nazis o con machetes en Rwanda.

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