Wednesday, March 01, 2006

La guerra y la paz

Los grandes conflictos humanos se rigen por ciertos patrones fundamentales, unos se identifican con la tragedia “shakespeareana”, donde todo lo correcto es equivoco, cada acción trae venganza, a cada injusticia se le hace justicia y…, al final del acto, la justicia perfecta se alcanza, pero todos yacen maltrechos y muertos.
Otros encajan dentro del drama “chejoviano”; aquí sobra amargura, desilusión, frustración y desencanto, pero, al concluir la obra todos los actores sobreviven el enfrentamiento, y aunque descorazonados aceptan conciliarse.
Un ejemplo representativo, y en el contexto de la obra de Chéjov, es el delincuente, ahí se narra la actitud irresponsable de un joven que continuamente removía las tuercas de los rieles del ferrocarril con el fin de usarlas de plomitos para pescar. Una vez descubierto y bajo custodia, se mostraba totalmente intransigente en su objetivo. Las explicaciones del policía sobre los peligros de descarrilar el tren le tenían sin cuidado, su necesidad estaba por encima las consecuencias que acarreaba.
En estos eventos trasciende un elemento crucial, tanto Shakespeare como Chéjov tienen la capacidad de iluminarnos al discernir y adentrarnos en las intransigencias de lado y lado.
Uno de los preceptos: “no harás a los demás lo que no deseas para ti”, aporta un valor esencial que emana de la raíz misma de la condición humana, y está dado por la necesidad imperiosa de sobrevivir para perpetuarnos como especie. Es un acto, de por si, más de carácter evolucionista que religioso. Para ello la naturaleza se vale de un arma infalible, la empatía: la capacidad de identificarnos con el dolor ajeno. Ésta tiene un rango de acción muy amplio, que va desde su ausencia absoluta (útil para la guerra y el odio), expresada por la indiferencia y la insensibilidad hacia el otro, hasta poder entregarnos con altruismo genuino, ciego e incondicional (útil para el amor y la paz).
Sin embargo, a ciencia cierta, actuar de uno u otro modo se corresponde con una obligación innata, por la manera en que nuestro cerebro viene “cableado”. No somos una tabla rasa al nacer, a partir de la concepción se incorpora, para bien o para mal, una carga genética que nos determina. Somos buenos por naturaleza o malos de oficio, y así venimos al mundo; claro está que las circunstancias afectan nuestras neuronas, pero, ante las mismas circunstancias, unos despliegan más bondad y otros más maldad, donde pueden y en la medida que les viene en gana.
Desde hace más de una década, neurocientíficos italianos se sorprendieron al descubrir que los cerebros de mono tenían un sistema de neuronas que se especializan en la función de “caminar en los zapatos del otro”. Encontraron que estas células nerviosas se activaban al ver hacer algún movimiento a otro mono o a un humano. Esto es como si el mono imitara el movimiento en un espejo dentro de su mente.
El descubrimiento de las llamadas neuronas espejo es importante para la comprensión de la función cerebral, y han demostrado ser útiles desde el punto de vista médico: se reportó recientemente en la revista Nature Neuroscience que el malfuncionamiento o el déficit de las neuronas espejo parecen ser responsables del aislamiento social en pacientes con autismo. Cabe precisar su alteración en ciertos tipos de sociopatías. Estas neuronas parecen estar involucradas, no en la porción racional de la empatía, sino en la forma refleja, automática y profunda que nos da el sentimiento real de lo que el otro está sintiendo.

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