Monday, September 11, 2006

Signos de asfixia

Hay un viejo chiste donde un hombre que viaja en un tren le pregunta a cada uno de los pasajeros si es antisemita. Sorprendidos todos responden que no; hasta que finalmente un pasajero replica: - ¡yo soy antisemita! De inmediato el hombre le dice: -por fin conseguí a alguien honesto. -¿Podría cuidarme la maleta mientras voy al baño?
La historia del pueblo judío reviste periodos de acoso que se repiten con el pasar de los tiempos. El antisemitismo es un cáncer del alma que se mantiene latente, a ratos supura de manera encubierta y otras veces se exhibe de manera feroz en el intento de azuzar o extinguir a los judíos de la faz de la tierra.
Israel es una nación siempre bajo la lupa, a quien se le escudriña su conducta de manera milimétrica en comparación con la de otras naciones. La autoridad “moral” y omnipresente del foro mundial ya tiene preconcebido su veredicto; allí se le indaga y obliga, se le dispone y cuestionan todos sus actos ante la mirada inquisitiva del mundo.
Israel es el chivo expiatorio de utilería perfecto en múltiples frentes que lo descalifican para ganar alianzas. Su dimensión hace que todo ataque sea desproporcionado porque es un país minúsculo con 6.5 millones de habitantes (650 veces menor que la superficie total de los países árabes en conjunto y con 49 veces menos habitantes, sin incluir a Irán ni al resto de los países musulmanes, que suman mas de 1 billón de personas). Su poderío se basa en la razón; fue creado hace menos de seis décadas, es el hogar de un tercio de los judíos del mundo (0.2% de la población mundial), muchos son los hijos de sobrevivientes y perseguidos que emigraron principalmente de Europa, Rusia y los países árabes.
Los judíos son como canarios, que detectan los niveles de oxigenación en las minas de carbón. Son sensores de la intolerancia en la civilización, en el estado, en el país; determinan los niveles de convivencia en la sociedad y en las minorías étnicas o religiosas. En estos momentos Israel es el canario entre las naciones y el indicador premonitorio de los días por venir.
La voz de 6 millones de ciudadanos israelíes bombardeados por Hezbolá es la voz de 6 millones de judíos asesinados que se derritieron en polvo y cenizas durante el Holocausto. En ambos casos, aquellos responsables de esos actos tienen como objetivo borrar a los judíos de la faz de la tierra, como dijo Adolfo Hitler, y como dijo Mahmoud Ahmadinejad, borrar al Estado de Israel del mapa. Antes, esas palabras no se tomaron en cuenta, y tampoco parecen importar ahora.
Durante la II Guerra Mundial el ejército nazi emprendió dos batallas simultáneas: una personal, contra los judíos y otra contra el mundo. Ahora el terrorismo islámico emprende las mismas dos batallas.
La realidad no está dada por la magnitud de los eventos sino por factores inherentes que conmueven a la sociedad en un momento dado. El número de pérdidas humanas entre shiíes y suníes en Irak supera con creces a todas las guerras árabe-israelíes. Ello es motivo suficiente para conmover a los países árabes a detenerlos, pero en su lugar usan a Israel de aliviadero. El mundo sufre los embates del fanatismo religioso que desea instaurar una hegemonía totalitaria en el planeta. Israel lo vive en su patio trasero y, a pesar de ser la única democracia en la zona, debe también enfrentar el antagonismo despiadado de la izquierda globalizada. La guerra que libera en este momento es existencial y más aun infame por implorar apoyo para defender los valores de la libertad.

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