Monday, January 29, 2007

El bostezo inmutable del mundo

En la película, Día de Independencia, cuando los humanos le preguntan a los extraterrestres: ¿qué quieren que hagamos? Los ET, sin inmutarse, responden: ¡morir!
La misma respuesta darían los negadores del Holocausto nazi a sus enemigos tradicionales. No sorprende que en Teherán encuentren incentivo para analizar sus puntos de vista sin tapujos, y dar a conocer al mundo su versión desquiciada de la verdad. La antimateria ha encontrado su materia.
Sin embargo, es tiempo de entender que vivimos en un mundo insólito donde todo es posible, y que la realidad puede ser distorsionada por cualquier postor. Independiente de sus intenciones, siempre será posible, con recursos y disponibilidad noticiosa, lanzar a viva voz cualquier idea y llevarla a todos los confines del planeta para atrapar incautos, ávidos de llenar sus entrañas con falacias y nutrir los enclaves satánicos de la imaginación.
En este caso se trata de profanar la verdad impunemente para torcerla y sepultarla con fines perversos. Es querer desvirtuar a las victimas y desvincular a los victimarios de un zarpazo. Es escalar un peldaño más en la larga metamorfosis del antisemitismo, que por repetitivo peligra con insensibilizar a la humanidad. Un sentimiento ponzoñoso que ahora se afana en eliminar el remanente de compasión hacia los que han sufrido.
Un encuentro para desinformar e introducir una carta blanca con el fin de vilificar de nuevo a un pueblo, y lanzar la sospecha de haber exagerado un plan, al querer dibujarlo como un pequeño escollo en el tiempo en medio del desenfreno de la guerra.
El anfitrión del evento, a fin de cuentas, ha insinuado con voz clara y firme que los descendientes del Shoá “deben ser arrasados de la faz de la tierra” para que el mundo pueda vivir en paz.
Ese es el nivel de locura en su mensaje, no se trata de una amenaza apresurada, son afirmaciones provenientes de un país con potencial nuclear y dirigido por fanáticos iluminados. Pero, aunque para algunos, esas afirmaciones sorprenden, mayoritariamente no despiertan resquemor, sino más bien risa e inclusive aprobación, si lo medimos por las tendencias políticas que predominan en el mundo actual.
Paulatinamente la sociedad se ha confabulado, la banalidad del mal se volvió banal.
Algunos consideran que predomina un desajuste cerebral masivo por sobrecargas noticiosas desenfrenadas que impiden discernir entre el bien y el mal. Un sinfín de guerras, tragedias y matanzas en todos los rincones copan los sentidos. La saturación informática conlleva a confusión y fatiga sensorial, lo que a su vez genera indiferencia perceptual e incomprensión. Otros, por el contrario, no ven la animosidad de manera novedosa, sino dentro de las peculiaridades del antisemitismo recalcitrante en el inconciente colectivo.
La indiferencia ante los conflictos es un patrón común en las sociedades cuando los eventos se salen de su entorno y, en lugar de filosofar, utilizan el fast track emocional para interpretarlos. Los centros noticiosos occidentales, en su mayoría, apoyan la corriente de la izquierda liberal europea, que ahora también se fortalece en EEUU con las últimas elecciones parlamentarias, y donde se preconiza el apaciguamiento. En Oriente, se alinean al pragmatismo comercial e indiferente de Asia y Rusia.
Mientras tanto, menos del 0.2% de la población mundial espera crispada en su soledad y con pocas alternativas viables de vivir en paz. Cualquier solución que Israel tome para preservar su integridad física, trae el habitual y desmesurado criticismo internacional, y cualquier concesión que haga a sus vecinos siempre termina siendo insuficiente. Ahmadinejad interpreta el verdadero sentimiento del mundo musulmán, para citar solo el de algunos, su indudable cualidad está en que no es hipócrita. Sin embargo, es posible todavía ser optimistas y pensar como Yogi Berra: todo se acaba cuando termina.

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